En las últimas semanas he reflexionado mucho sobre los debates persistentes que existen entre los profesionales de la educación en torno a la atención educativa del alumnado con alta capacidad intelectual.
Son debates recurrentes, complejos y, en muchos casos, atravesados por la realidad diaria de los centros. Comparto aquí algunas de esas reflexiones, no como verdades cerradas, sino como puntos de partida para el diálogo.
Recursos limitados: ¿a quién priorizamos?
Desde las limitaciones reales del sistema educativo —falta de recursos, tiempo y apoyos— muchos docentes se preguntan si el alumnado con alta capacidad intelectual no debería situarse al final de la lista de prioridades.
Es una cuestión legítima y una experiencia profesional que debe ser escuchada y atendida. Sin embargo, creo que esta pregunta parte, en parte, de una idea errónea: entender la alta capacidad intelectual como una ventaja educativa en sí misma.
La alta capacidad es una ventaja en términos de potencial, pero para que ese potencial se convierta en competencia, pericia o desarrollo real, necesita oportunidades.
Si la alta capacidad es un potencial, ¿no debería la escuela favorecer su desarrollo?
Más aún si tenemos en cuenta que ese mismo potencial, que a priori parece una ventaja, puede convertirse en una desventaja en términos de adaptación al sistema educativo, que no suele estar diseñado para este perfil de alumnado.
Igualdad… ¿o equidad?
Cuando hablamos de desigualdad educativa y atención a la diversidad, solemos asumir que hay alumnado que parte con desventaja: “un escalón por debajo”.
Esto no se cuestiona cuando hablamos de otras Necesidades Específicas de Apoyo Educativo. Sin embargo, en el caso de la alta capacidad intelectual, a menudo se nos olvida que este alumnado también parte “un escalón por debajo” en lo que respecta a la adaptación al sistema educativo.
Esa peculiaridad que puede suponer una ventaja potencial puede transformarse en una desventaja real si la institución educativa no favorece su inclusión.
La igualdad es de oportunidades, pero no de enseñanza.
No es dar a todos lo mismo, sino dar a cada uno lo que necesita.
¿Qué ocurre cuando intentamos que todos aprendan del mismo modo?
Que una parte del alumnado —entre ellos, muchos alumnos con alta capacidad intelectual— queda en desventaja.
Además, muchas de las medidas educativas pensadas para alumnado con alta capacidad resultarían enriquecedoras para otros perfiles: alumnado con alto rendimiento, creatividad o interés, sin que esto sustituya la atención específica que la alta capacidad intelectual requiere.
Identificar y comunicar la alta capacidad intelectual
¿Es mejor no poner etiquetas o, por el contrario, dar sentido a lo que el alumno vive?
Vivimos un momento en el que las etiquetas están en auge, quizá como reacción a años de invisibilización y falta de atención. Tal vez el debate ya no deba centrarse en el “si”, sino en el cómo:
- Cómo se lo transmitimos al alumno
- Cómo se lo comunicamos a la familia
- Cómo se informa y forma al profesorado para evitar posibles efectos Pigmalión
- Cómo se explica y normaliza la alta capacidad intelectual en la comunidad educativa y en el aula
Naturalizar la alta capacidad intelectual como parte de la diversidad del alumnado es un punto de partida imprescindible. Y, junto a ello, garantizar que la información se comparta en las mejores condiciones, con estrategias que favorezcan una integración ajustada y saludable por parte del alumno que lo vive.
No tengo certezas, pero sí una convicción clara:
el talento no se desarrolla solo y la diversidad intelectual existe, nos guste o no.